lunes, 27 de octubre de 2008

El niño con el pijama de rayas










El pasado fin de semana decidí era hora de sentarme en un butacón y dejar una propina de siete euros en la taquilla para ver cine interesante. No sabía qué película ver, lo cierto es que no me apetecía mucho empaparme de un drama, pero el resto de películas no llamaban mi atención.
Me habían hablado de esta película y había leído las críticas positivas sobre ella. Alguien la comparó con 'La vida es bella' o 'La lista de Schindler' y dijo que era mejor cualquiera de ellas porque está menos edulcorada.
Un tema manido, con diversos enfoques, esta vez desde la inocencia de dos niños separados por una valla. Ignorantes del terror, uno de ellos hijo de un ejecutor y testigo de la verdad, el otro hijo de un judío más. Ambos, víctimas de las circunstancias.
Cuando las luces se encendieron , nada a mi alrededor se movía. Me sentí paralizada, pero con cierta torpeza moví la cabeza y oteé el horizonte para percatarme de otras reacciones. Durante dos o tres segundos el silencio se escuchó en la sala.
Cuando alguien hizo un amago de levantarse, noté que la humedad impregnaba mis ojos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. De repente, ocurrió algo que no me ocurría desde hace mucho tiempo. Tanto, que ni siquiera mi frágil memoria alcanza a desvelar. Una lágrima resbaló por mi mejilla. Y luego otra y varias más. Me acurruqué en el asiento, un poco avergonzada, pero por encima de todo sobrecogida. A todos aquellos críticos que hayan opinado desde la banalidad me gustaría decirles que hieren sensibilidades. Al menos, la mía.
Patricia García

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